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Baloncesto & Jazz. Capacidad Cognitiva (de Jonah Lehrer)

Baloncesto & Jazz. Capacidad Cognitiva (de Jonah Lehrer)

Traduzco íntegramente el artículo “Basketball & Jazz” de Jonah Lehrer (EEUU, 1981), autor del libro “Cómo decidimos”. El artículo se publicó el 6 de Junio de 2011 en Wired Science.

El baloncesto siempre se ha comparado con el Jazz. Esta analogía existe, principalmente, por razones superficiales. Como en el Jazz, la NBA moderna ha sido capitaneada por Afroamericanos; Michael Jordan fue el Miles Davis del baloncesto. Además, la naturaleza improvisada del baloncesto parece hacerse eco de la improvisación del jazz, donde las notas son a menudo desconocidas a priori.

En general, nuestra cultura mira hacia esas formas espontáneas de entretenimiento. Siempre somos respetuosos con la sinfonía que requirió años para escribirse más que con el disco de jazz grabado en la primera prueba. La obra clásica parece más seria, más sofisticada y más digna de atención para la crítica. Del mismo modo, puede parecer difícil de defender la complejidad del baloncesto ante un ferviente aficionado al Fútbol Americano. ¿Has oído lo que dicen los entrenadores de la NBA durante un tiempo muerto? Sus planes de juego parecen consistir en insípidos clichés. Y luego están las jugadas: mientras que los jugadores de la NFL tienen que memorizar un libro de jugadas Talmúdico, la mayoría de tácticas ofensivas en la NBA son alguna variante del pick and roll (bloqueo directo y continuación). El resultado final es que tanto el baloncesto como el jazz presentan actos espontáneos sin sentido, expresiones de talento. LeBron no piensa mientras vuela hacia el aro, sólo obedece al impulso de machacar.

El problema de nuestro sesgo en contra de la improvisación, tanto en el jazz como en el baloncesto, es que no se reconoce todo el trabajo mental que hay detrás de esas formas de entretenimiento. Ese cuarteto de jazz puede hacer que su música parezca fácil –y los jugadores tan solo están jugando–, pero esa facilidad es una ilusión. En realidad, esos músicos se apoyan en un intrincado conjunto de patrones musicales, lo que les permite inventar belleza a tiempo real. Del mismo modo, una asistencia de Chris Paul podría parecer un pase picado afortunado, pero en realidad es un subproducto de un exquisito análisis perceptivo. En lugar de apreciar la extraordinaria rapidez de improvisación de estos artistas –viendo con asombro como consiguen hacer algo de la nada ante nuestros propios ojos-, les despreciamos como simples artistas, sin darnos cuenta de todo el trabajo y la inteligencia que va detrás de cada escena.

Comencemos con el baloncesto. Hace unos años, un equipo de neurocientíficos italianos realizaron un simple estudio sobre el Rebote. A primera vista, el rebote parece una habilidad física bruta: el hombre más alto (o el que tiene más salto vertical) siempre debe conseguir el balón. Pero esto no es lo que sucede. Algunos de los mejores reboteadores de la historia de la NBA, como Dennis Rodman y Charles Barkley, fueron varias pulgadas más bajos que sus adversarios. ¿Qué permitió a estos jugadores llegar antes al balón?
El experimento sobre el Rebote fue así: 10 jugadores de baloncesto, 10 entrenadores, 10 periodistas deportivos y un grupo de jugadores de baloncesto noveles, visionaron videos de un jugador lanzando un Tiro Libre [ver video]. No es sorprendente que los atletas profesionales fueran mucho mejores para predecir si el tiro entraría o no. Mientras que ellos acertaron en más de 2/3 de las veces (66%) , los expertos no-jugadores (entrenadores y periodistas) tan solo acertaron un 40% de las veces. Los jugadores fueron también mucho más rápidos en sus conjeturas y fueron capaces de hacer predicciones precisas acerca de dónde acabaría el balón incluso antes de que estuviese en el aire (esto sugiere que los jugadores estaban analizando los movimientos del cuerpo del tirador y no se basaban tan solo en el arco del balón). Los entrenadores y los escritores por su parte sólo pudieron predecir el acierto o el fallo después del lanzamiento, lo que requirió de 300 milisegundos adicionales.

¿Qué permitió a los jugadores realizar unos juicios tan rápidos? Al monitorizar los cerebros y los cuerpos de los sujetos al visionar los Tiros Libres, los científicos fueron capaces de revelar algo interesante acerca de los mejores reboteadores. Resultó que los deportistas de élite, pero no los entrenadores ni los periodistas, mostraron un fuerte aumento de la actividad en el córtex motor y en los músculos de la mano en los milisegundos anteriores a que el balón fuese liberado. Los científicos argumentan que esta actividad extra se debió a una “simulación encubierta de la acción” (“covert simulation of the action”), y que los deportistas hicieron una complicada serie de cálculos sobre la trayectoria del balón basándose en la forma de lanzar del jugador (al parecer, todo jugador de la NBA, destaca en trigonometría inconsciente). Pero aquí es donde las cosas se ponen fascinantes: este aumento en la actividad sólo se produjo en los lanzamientos fallados. Si el lanzamiento entraba, sus cerebros no se excitaban. Evidentemente esto tiene mucho sentido: ¿por qué tratar de anticipar un rebote de una pelota que no puede ser reboteada? Es un desperdicio de energía mental.

El punto más importante es que incluso una habilidad simple como el Rebote conlleva una asombrosa cantidad de trabajo cognitivo. El motivo de que no nos demos cuenta de este trabajo es porque pasa muy rápido, en la fracción de una fracción de segundo antes de que el balón es lanzado. Entonces, suponemos que el rebote es una tarea poco interesante, una acto físico en un juego físico. Pero no lo es, es por ello que los mejores reboteadores no son tan solo los más altos o los más físicos o los mejores ganando la posición, son también los pensadores más rápidos. Esto es lo que diferencia a Kevin Loves y Kevin Garnett del resto: ellos saben antes donde irá el balón.

El mismo principio se aplica al jazz. En 2008, el neurocientífico de Harvard, Aaron Berkowitz y sus colegas realizaron una investigación de la actividad cerebral subyacente en la improvisación musical. Reunió 13 pianistas expertos y los hizo improvisar diferentes melodías en un a máquina de Resonancia Magnética Funcional (fMRI). Como era de esperar el acto de improvisación conllevó un aumento de la actividad en varias áreas neurales, incluyendo la corteza premotora y la circonvolución frontal inferior. La actividad premotora es simplemente un eco de la ejecución, como los patrones musicales nuevos se traducen en movimientos corporales. La circunvolución frontal inferior, sin embargo, ha sido investigada principalmente por su papel en el lenguaje y la producción del habla. ¿Por qué entonces es tan activa cuando la gente improvisa música? Berkowitz sostiene que los músicos expertos inventan nuevas melodías apoyándose en los mismos músculos mentales empleados para construir una frase, cada nota es como una palabra más.

Por supuesto, el desarrollo de estos patrones requiere de años de práctica, por lo que Berkowitz compara la improvisación con el aprendizaje de una segunda lengua. Al principio, todo sobre el vocabulario, lo estudiantes deben memorizar gran cantidad de sustantivos, adjetivos y conjugaciones verbales. Del mismo modo, los músicos necesitan sumergirse en el arte, interiorizar las complejidades de Miles y Coltrane. Después de años de estudio, el proceso de articulación empieza a convertirse en automático –el estudiante de idiomas no necesita contemplar su lista de verbos antes de hablar, al igual que el músico puede tocar sin preocuparse por el movimiento de sus dedos–. Es sólo en este punto, después de tener experiencia, que la improvisación puede tener lugar. Cuando crea la nueva música, las notas simplemente están allí, esperando a ser expresadas.

Durante demasiado tiempo hemos confundido la velocidad y la espontaneidad del baloncesto y el jazz, como prueba de que estas formas de entretenimiento son simples y fáciles, de alguna manera, menos complicada que el Fútbol Americano o Wagner. Pero nada podría estar más lejos de la realidad. No importa si estamos viendo a Blake Griffin haciendo un mate o escuchando las melodías modales de Kind of Blue, estas improvisadas creaciones sólo existen porque sus creadores han interiorizado el conjunto necesario de patrones, entrenando su cerebro para ejecutar cálculos asombrosamente difíciles en un abrir y cerrar de ojos. Como resultado, ellos son capaces de ver lo que nosotros no podemos, previendo rebotes y líneas de pase o melodías que el resto de nosotros ni siquiera podemos comprender. Tomamos a estos artistas a la ligera porque hacen que todo parezca muy fácil, pero sólo parece fácil, ya que para ello han tenido que trabajar muy duro.

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